Nutrición y enfermedad de Alzehimer

16 Sep 2021

Dr. Javier Alonso Ramírez. Médico Especialista en Geriatría en el Hospital Insular de Lanzarote.

Dña. Cristina Cazorla Guillén. Dietista-Nutricionista en el Centro Hebe.

Dr. Francisco Javier Balea Fernández. Neuropsicólogo. Médico Interno Residente en Geriatría en el Hospital Insular de Lanzarote.

En el año 2012 los trastornos neurocognitivos fueron declarados prioridad de salud pública. Coloquialmente el trastorno neurocognitivo es conocido como deterioro cognitivo. Se trata de una enfermedad que afecta al correcto funcionamiento de las funciones cognitivas como la memoria, la atención, el lenguaje, la cognición social, etc. En función de la causa que la desencadene podemos hablar de Trastorno neurocognitivo neurodegenerativo o no neurodegenerativo (frecuentemente de causa vascular o metabólica). La Enfermedad de Alzheimer es la forma más frecuente de deterioro cognitivo, su origen es neurodegenerativo, es progresivo e irreversible y se debe al acúmulo de proteínas (b-amiloide y tau) que generan un daño cerebral. Cuando este declive de las funciones cognitivas afecta a nuestra autonomía hablamos de demencia. En la actualidad la ciencia no ofrece tratamiento curativo, sin embargo, se ha avanzado mucho en la prevención con el objetivo de mejorar la calidad de vida. En este sentido, hoy sabemos que hay dos grandes estrategias, el ejercicio físico y la intervención nutricional. La desnutrición aumenta el riesgo de deterioro cognitivo en personas sanas y también el riesgo de muerte en personas con deterioro cognitivo. En el otro extremo nutricional, la obesidad también afecta a nuestra capacidad cognitiva. Se ha visto que las personas obesas tienen un 50% más de riesgo de desarrollar una demencia en etapas más avanzadas de la vida. Es más, se ha observado que déficit nutricionales específicos de micronutrientes o macronutrientes son un factor de riesgo de deterioro cognitivo [1], [2], [3], [4]. 

Hoy en día se invierten cientos de millones de euros en nuevos tratamientos contra el Alzheimer, pero ¿estamos construyendo la casa por el tejado? La intervención en la dieta de estos pacientes busca prevenir déficits nutricionales que pueden acelerar la progresión de la enfermedad. Las modificaciones en la forma en la que nos alimentamos, así como intervenciones dietéticas específicas que buscan paliar el avance de la enfermedad de Alzheimer, deben ser lo más tempranas posibles. Cuanto antes, mejor. En pleno siglo XXI en los países industrializados, la alimentación ha pasado de ser una necesidad a un placer. Es frecuente encontrar un porcentaje importante de la población sobrealimentada y malnutrida. Comemos más, comemos por placer y comemos peor. En una sociedad con un ritmo de vida vertiginoso, cada vez más nos vemos abogados a la comida rápida, a los alimentos ultraprocesados sin saber que son una fuente de enfermedad [2], [5]. Curiosa dicotomía en donde la ciencia nos alerta que: 

  • Las dietas muy calóricas aumentan el riesgo de deterioro cognitivo.  

  • Las dietas pobres en proteínas aumentan el riesgo de deterioro cognitivo 

  • Las dietas con alto contenido en azucares simples (azúcar refinado) aumentan el riesgo de deterioro cognitivo. 

  • Los alimentos ultraprocesados aumentan el riesgo de fragilidad y deterioro cognitivo.   

Ante esto también la ciencia nos da un modelo alternativo, la dieta mediterránea. Seguir una dieta mediterránea se ha relacionado con un menor riesgo de deterioro cognitivo [1], [6]. 

Muchos usan la “mala genética” para justificar unos hábitos de vida poco saludables. Pero ¿Qué hay de cierto en todo esto? Si bien es cierto que los genes guardan relación con la forma en la que metabolizamos los nutrientes, estos representan menos del 1% de los factores que influyen en nuestro estado nutricional. Son nuestros hábitos de vida, la edad, el sexo, nuestra tipo de dieta lo que determina fundamentalmente tener un buen o mal estado nutricional [7], [8].  

Las modificaciones en la forma de alimentarnos podrían ayudar a prevenir el deterioro cognitivo [9], [1], [10], [11], [12], [13]. ¿Cómo hacerlo? Es importante que consultemos con especialistas en Nutrición y Dietética que en función de nuestras características y la forma que tenemos de comer nos den pautas individualizadas. Aquí les dejamos algunas recomendaciones generales para mantener nuestras capacidades cognitivas a pleno rendimiento.  

  • Minimiza el consumo de grasas saturadas y grasas trans. Especialmente éstas últimas, que ese encuentran en la bollería industrial y alimentos ultraprocesados. 

  • Incrementa el consumo de fruta y de verduras. Son fuente de fructooligosacáridos e inulina, importantes prebióticos que ayudan al mantenimiento de la microbiota intestinal.  

  • Incrementar el consumo de proteínas tanto de origen animal como vegetal a través de las legumbres. Asegura un consumo de al menos 1,2-1,4 gramos de proteínas por kg de peso al día. Esto ayuda a mantener una buena salud muscular. El músculo y el cerebro están muy relacionados. 

  • Asegura una adecuada ingesta ácidos grasos omega 3. Estos se encuentran presentes en frutos secos y pescados azules. El omega 3 son importantes antioxidantes que además ayuda a proteger nuestra salud cardiovascular.  

  • Pequeñas cantidades de frutos secos (nueces, almendras, etc.) son una buena fuente de vitamina E. Aunque la evidencia sobre la vitamina E (alfa tocoferol) es variada, es importante llegar a un consumo mínimo diario. Si seguimos una dieta variada rica en vegetales es fácil conseguirlo. 

  • Asegura una ingesta diaria de 800UI de vitamina D. Se puede encontrar en lácteos, quesos y pescados azules. Para un correcto metabolismo de la vitamina D es esencial la exposición solar al menos 30 minutos diarios. 

  • Asegura un ingesta de alimentos con adecuado contenido en vitaminas del grupo B (B6, B12 y ácido fólico).  

 

Referencias bibliográficas: 

[1] V. Hernando-Requejo, “Nutrición y deterioro cognitivo Nutrition and cognitive impairment,” Nutr. Hosp. Nutr Hosp Nutr Hosp, vol. 3333, no. 4, pp. 49–52, 2016. 

[2] A. S. Doorduijn et al., “Nutritional Status Is Associated With Clinical Progression in Alzheimer’s Disease: The NUDAD Project,” J. Am. Med. Dir. Assoc., no. 057, 2020, doi: 10.1016/j.jamda.2020.10.020. 

[3] R. A. Whitmer, D. R. Gustafson, E. Barrett-Connor, M. N. Haan, E. P. Gunderson, and K. Yaffe, “Central obesity and increased risk of dementia more than three decades later,” Neurology, vol. 71, no. 14, pp. 1057–1064, 2008, doi: 10.1212/01.wnl.0000306313.89165.ef. 

[4] W. L. Xu, A. R. Atti, M. Gatz, N. L. Pedersen, B. Johansson, and L. Fratiglioni, “Midlife overweight and obesity increase late-life dementia risk: A population-based twin study,” Neurology, vol. 76, no. 18, pp. 1568–1574, 2011, doi: 10.1212/WNL.0b013e3182190d09. 

[5] A. M. Negm et al., “Frailty, Cognitive Decline, Neurodegenerative Diseases and Nutrition Interventions,” Nutrients, vol. 20, no. 4, pp. 1190–1198, 2019, doi: 10.3390/ijms20112842. 

[6] J. Higgins et al., “Mediterranean diet and stroke, cognitive impairment, depression: a meta-analysis,” Ann. Neurol., vol. 74, no. 4, 2013. 

[7] V. A. Mullins, W. Bresette, L. Johnstone, B. Hallmark, and F. H. Chilton, “Genomics in personalized nutrition: Can you ‘eat for your genes’?,” Nutrients, vol. 12, no. 10, pp. 1–23, 2020, doi: 10.3390/nu12103118. 

[8] S. L. Gardener, P. Lyons-Wall, R. N. Martins, and S. R. Rainey-Smith, “Validation and reliability of the Alzheimer’s disease-commonwealth scientific and industrial research organisation food frequency questionnaire,” Nutrients, vol. 12, no. 12, pp. 1–17, 2020, doi: 10.3390/nu12123605. 

[9] N. Barnard et al., “Dietary and lifestyle guidelines for the prevention of Alzheimer’s disease,” Neurobiol Aging, vol. 35, no. Suppl. 2, pp. S74–S78, 2014. 

[10] C. Balion et al., “Vitamin D, cognition, and dementia; A systematic review and meta-analysis,” Neurology, vol. 79, no. 13, pp. 1397–1405, 2012, doi: 10.1212/WNL.0b013e31826c197f. 

[11] C. Féart et al., “Mediterranean diet and frailty risk,” Clin. Nutr., vol. 20, no. 4, pp. 207–217, 2019, doi: 10.3390/ijms20112842. 

[12] M. W. Dysken et al., “Effect of vitamin E and memantine on functional decline in Alzheimer disease: The TEAM-AD VA cooperative randomized trial,” JAMA - J. Am. Med. Assoc., vol. 311, no. 1, pp. 33–44, 2014, doi: 10.1001/jama.2013.282834. 

[13] S. Kalmijn, M. P. J. Van Boxtel, M. Ocké, W. M. M. Verschuren, D. Kromhout, and L. J. Launer, “Dietary intake of fatty acids and fish in relation to cognitive performance at middle age,” Neurology, vol. 62, no. 2, pp. 275–280, 2004, doi: 10.1212/01.WNL.0000103860.75218.A5. 

 

 

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